martes, 2 de marzo de 2010

Regreso a Africa


Todos tendríamos que "regresar" a Africa alguna vez en nuestras vidas. Digo regresar porque de allí venimos y, sin duda, los que vayan se sentirán extrañamente apegados a una tierra reseca, que llama como si de una madre se tratara.
Ir allí y despojarse de todos los ropajes innecesarios y quedarse sólo con lo puesto, volver a ser inocentes, primarios, olvidando por unos días lo que se tiene para sólo ser. Y si el próximo Mundial de Fútbol es una excusa para hacerlo, bien está.
Nuestro primer encuentro con Africa fue en Kenia. Antes de pisar ese suelo, se nos planteaban ciertas reticencias, si íbamos a poder movernos libremente, nuestra seguridad, cómo iban a tratarnos: si sólo verían al blanco y a su dinero o por el contrario si se nos acercarían con ánimo de charlar amistosamente, sin perseguir nada a cambio.
Pero no fue así. Los keniatas nos recibieron con los brazos abiertos en todos los lugares que tuvimos oportunidad de conocer. Y cuidado que hablo de keniatas negros y blancos. Recuerdo a Mira como si fuera ayer, aquella kikuyu risueña que nos buscaba a la hora de la cena para explicarnos mil historias de sus ancestros y que me acompañó a hacerme las trencitas inacabables . Y a la familia Mwangi, con sus hijos pequeños, sobre todo a Lollipop, como la llamábamos nosotros, la niñita "golosina", con las manos siempre pegajosas y llenas de azúcar. En el Monte Kenia conocimos un Africa ecuatorial distinta al Masai-Mara, arbórea y húmeda, y unos personajes curiosos, algo cínicos, que se reían si te picaba una mosca tsé-tsé (doy fe que me picó una y aquí estoy, despierta que yo sepa) o que te ponían el Real Madrid en la tele aún a sabiendas que éramos del Barça. De vuelta en Nairobi, los Deglon se ocuparon de nosotros y nos sacaron de paseo por la noche nairobita, más hindú de lo que imaginábamos, como todo el Africa oriental. La señora Delyse Deglon en particular me dio un par de clases de prácticas de la vida "colonial" y de todo el exotismo que aún hoy encierra. Ellos y tantos otros terratenientes blancos continúan siendo los aristócratas de Africa, pero sus trabajadores están felices porque cobran cada mes.
Sudáfrica es distinto. Un país post-apartheid. Puedes pasar de los viñedos perfectos de Península del Cabo, de los muelles cosmopolitas de Cape Town o de las playas índicas de Umhlanga Rocks, a los townships inacabables de Johanesburgo, a las gasolineras "búnker" de Durban o a las grupos hambrientos de lugareños que se hacinan en las rotondas esperando que algún afrikaaner les contrate para podar sus rosales. Pero Sudáfrica también es Krueger, y Phinda, una pequeña reserva privada donde todos los animales que se escaparon del Arca de Noé vagan felices entre los bungalows más selectos. Es maravilloso estar ahí. Y al atardecer puedes escuchar la letanía de estridencias y rugidos mientras saboreas un Amarula o un buen whisky y cuentas por enésima vez a tu vecino de tienda cómo apareció la elefanta de entre los arbustos y le plantó cara al jeep. Sudáfrica casi es el Paraíso. Casi. Pero si eres blanco mejor no te arriesgues y si en junio vas al Mundial no salgas a pasear solo ni frecuentes ciertos barrios, puede ser más peligroso que desayunar roast-beef en medio de la sabana.