sábado, 20 de marzo de 2010

Alicia salva su cabeza


Alicia se atusa el cabello mientras el Gato de Cheshire baila. Nada es lo mismo en aquel extraño lugar. Ya no sabe quiénes son sus amigos, ni siquiera sabe si el Conejo Blanco llegará a la hora del té y hace un par de semanas que viven atrapados en los dominios de la Reina de Corazones.
La Reina es una mujer curiosa. Parece que le ha cogido cariño, sin embargo Alicia no puede evitar estar alerta en su presencia. El otro día, sin ir más lejos, la Reina se reía con su inseparable amiga, la Duquesa, y en cuanto ésta se fue, se le acercó y le susurró al oído toda una serie de lindezas de la buena señora. Que si era una interesada. Que si ella y su marido eran unos miserables. Que si ya no le quedaban joyas por venderlas para jugar al bingo. Alicia no pudo decirle que a ella todo eso le daba igual. No es que la Duquesa le gustara, en absoluto, era una pequeña déspota que no dejaba de mirarla con cierto desprecio, pero le incomodaba que la Reina criticara así a su amiga. Qué haría entonces cuando se cansara de ella misma.
Y efectivamente, una mañana que el Gato hacía sus estiramientos junto al campo de crockett real oyó cómo la Reina hablaba de Alicia con la Duquesa. La ponía de vuelta y media.
Desde entonces Alicia intenta no prodigarse demasiado en la corte y ella y el Gato de Cheshire pasan la mayor parte del tiempo contándose historias en sus aposentos.
Pero ese día Alicia se ha levantado especialmente airada y nostálgica y dice en voz alta: "Estoy harta de estar aquí. No me gusta esta Reina que nos utiliza como juguetes a su antojo, ni me gusta la Duquesa que tanto nos desprecia, creo que debemos irnos de una vez". En ese momento se abre la puerta y entran en tropel una decena de naipes armados que la esposan y la arrastran ante la Reina. "Majestad, ha sido como usted decía, acaba de difamarla con saña".
La Reina mira a Alicia con fingida afectación. "Hija, con lo que yo he hecho por ti. Qué ultraje". Alicia no puede resistir la hipocresía de esa situación absurda. "Majestad, y cuándo es usted la que me agravia ante la Duquesa: qué se supone que debo hacer yo?" El rostro de la Reina se enrojece al oírla. Alicia da un paso hacia atrás asustada. Los naipes tiemblan detrás suyo. "QUE LE CORTEN LA CABEZA A ESTA DESLENGUADA!!" Pero Alicia es más rápida que los guardias que tropiezan entre ellos torpemente y sale por la puerta que el Conejo Blanco, que acaba de entrar ajeno a todo, ha dejado abierta. Fuera el sol brilla y la brisa huele a primavera, y cuando el Gato de Cheshire le alcanza y se frota con sus tobillos, ella sonríe por primera vez desde hace mucho tiempo.