lunes, 13 de septiembre de 2010

Mi particular "tashlij"


Hace apenas una semana que los judíos celebraban Rosh Hashaná, el Año Nuevo. Para ellos tiene un sentido totalmente diferente al de nuestra celebración casi frívola de espumillón y lentejuelas. Es el primero de los días de arrepentimiento que terminan en el ayuno del Yom Kippur o "Perdón" en octubre (que nadie confunda la festividad con la guerra del 73). Una vez superada la prueba de Dios, ya se puede dar comienzo al nuevo año con buen ánimo y los mejores deseos.
Pero en mi opinión, la liturgia más bonita de esta celebración es la que se hace durante la tarde del primer día, el tashlij, cuando se acercan a un río y desechan simbólicamente los pecados.

Nosotros, los cristianos, también tenemos nuestras fórmulas de redención, pero son más prácticas: vamos, que acudimos a un confesionario y listamos nuestros pecados, como el que va al médico de cabecera y recita sus molestias. Imagino que los que creen que no son cristianos y lo son (que sufren del mismo mal que los que creen que no son españoles, y lo son) también hablan de vez en cuando con "alguien" a la carta, cuando sufren algún contratiempo.

Pero a veces es más bonito hacer algo simbólico, un pequeño ritual que realmente te acerque a aquello en lo que crees, sea lo que sea, y lo del río es una idea. Como lo de las hogueras de San Juan si realmente sirvieran para algo más que para librarte de trastos, o el bautizo, si lo asociáramos a algo más profundo que a una buena merienda.

Mi pequeño encuentro con "El" y con lo que soy lo hago de vez en cuando en una iglesia. Pero ni siquiera entro. Me basta con acercarme alguna tarde a la caída del sol, dando un paseo, y sentarme en un banco y contemplar los viejos campanarios rojizos, y pensar que la vida puede ser maravillosa.

Shaná Tová a todos.