
Hace apenas una semana que los judíos celebraban Rosh Hashaná, el Año Nuevo. Para ellos tiene un sentido totalmente diferente al de nuestra celebración casi frívola de espumillón y lentejuelas. Es el primero de los días de arrepentimiento que terminan en el ayuno del Yom Kippur o "Perdón" en octubre (que nadie confunda la festividad con la guerra del 73). Una vez superada la prueba de Dios, ya se puede dar comienzo al nuevo año con buen ánimo y los mejores deseos.
Pero en mi opinión, la liturgia más bonita de esta celebración es la que se hace durante la tarde del primer día, el tashlij, cuando se acercan a un río y desechan simbólicamente los pecados.
Nosotros, los cristianos, también tenemos nuestras fórmulas de redención, pero son más prácticas: vamos, que acudimos a un confesionario y listamos nuestros pecados, como el que va al médico de cabecera y recita sus molestias. Imagino que los que creen que no son cristianos y lo son (que sufren del mismo mal que los que creen que no son españoles, y lo son) también hablan de vez en cuando con "alguien" a la carta, cuando sufren algún contratiempo.
Pero a veces es más bonito hacer algo simbólico, un pequeño ritual que realmente te acerque a aquello en lo que crees, sea lo que sea, y lo del río es una idea. Como lo de las hogueras de San Juan si realmente sirvieran para algo más que para librarte de trastos, o el bautizo, si lo asociáramos a algo más profundo que a una buena merienda.
Mi pequeño encuentro con "El" y con lo que soy lo hago de vez en cuando en una iglesia. Pero ni siquiera entro. Me basta con acercarme alguna tarde a la caída del sol, dando un paseo, y sentarme en un banco y contemplar los viejos campanarios rojizos, y pensar que la vida puede ser maravillosa.
Shaná Tová a todos.
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